Los partidos como el que ganó River Plate anoche se esfuman rápidamente en el aire y pasan a formar parte de una historia mayor.

En este caso, se integra al camino intenso, por momentos lleno de ripio, que llevó a River a obtener por tercera vez en su vida la Copa Libertadores.

El partido entonces es el cierre del proceso. El punto de partida del festejo y la pausa para ejercer la memoria.

Más allá de la ansiada Libertadores, que el público había tildado de “obsesión”, y de la triple corona continental (River ostenta además la Copa Sudamericana y la Recopa), esta última y gloriosa estación consuma el resarcimiento definitivo luego del descenso sufrido en 2011.

Hace cuatro años, River sucumbía ante un espectro cuya amenaza nunca creyó que fuera a alcanzarlo. Deportiva e institucionalmente, el club tocó fondo.

Entonces debía corroborar el antiguo lema según el cual lo que no mata fortalece. Superar la herida a la dignidad y transformar la debacle en una experiencia enriquecedora.

No hay periplo del héroe sin caída a los infiernos. No existe victoria más valorada que aquella que surgió de la derrota.

Y así River fue superando etapas que le devolvieron su estatuto de grande. De animador del fútbol nacional y sudamericano.

Con el ascenso inmediato, con el regreso de Ramón Díaz y el título local que restableció la celebración olvidada y suturó el prestigio averiado.

Y más tarde, con la llegada de Marcelo Gallardo, hombre de la casa, cuyo perfil bajo quizá no se condice con el fuego competitivo que insufló a sus dirigidos.

Pero el River voraz lanzado a ganar todo no fue obra de una arenga improvisada en la manga. Se apoyó en un fútbol de alto vuelo con el que el equipo hizo una enorme diferencia.

Un fútbol que se mentaba como ejemplo, como la vara más alta en las comparaciones. Eso también, además de las copas, abona el brillo de los elegidos.

Con el tiempo, ese arranque lujoso de la era Gallardo fue mermando y River se convirtió en un equipo más real, más acorde al promedio argentino.

Sin embargo, le quedó el espíritu intacto. El que lo impulsó a borrar a Boca en dos instancias decisivas. El que le permitió afrontar la adversidad en la fase de grupos de la Copa (donde lo ayudó en gran medida Tigres; qué mal pagados estuvieron los mexicanos).

Y el que, entre otras paradas arduas, esas donde se prueba el temple de una formación y los fundamentos de sus ambiciones, lo hizo sacar pecho en Belo Horizonte, plaza siempre temida como todo Brasil, y lo proyectó a una goleada de las que no se olvidan nunca.

Ayer, en un partido de pocas luces y notable desconcierto para encaminarse al gol, ese atributo intangible –y no otra cosa– le deparó una victoria holgada, que no se corresponde con las diferencias verdaderas entre uno y otro.

En pocos años, de la mano de proyectos verosímiles y de un entrenador tan talentoso como sobrio, River no sólo abandonó el fondo más oscuro de su historia. También recuperó la cima con un nuevo vigor, acaso derivado de aquel dolor hecho aprendizaje.

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